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¿La Iglesia todavía cree en el Purgatorio?

Desde los primeros tiempos de la Iglesia, los cristianos han creído que existe un lugar donde se da la purificación final de los fieles que han fallecido. Se reconoce que quienes mueren mártires ya están en presencia de Dios porque quedan perfectamente conformados con Cristo y Su Cruz por el martirio.

Para los muchísimos creyentes que no han tenido la oportunidad de dar tal testimonio público, la Iglesia ofrece oraciones, en particular la Misa, para que, una vez purificados de toda imperfección, puedan entrar en el Cielo. Esto puede encontrarse en muchos textos antiguos, así como el testimonio en las catacumbas y las tumbas. En la Edad Media, se desarrolló la explicación teológica y se empezó a utilizar el nombre de Purgatorio, y describe bien la creencia de la Iglesia desde sus comienzos hasta ahora.

Todo el que muere en gracia y amistad con Dios, pero todavía falto de una purificación perfecta, ya tiene asegurada la salvación eterna, pero, antes de entrar en el gozo del Cielo, debe alcanzar la santidad necesaria a través de una purificación. La Iglesia da el nombre de Purgatorio a esta purificación final de los elegidos… (Catecismo de la Iglesia Católica, n° 1030-1031).

¿Es un término bíblico, “Purgatorio”?

La palabra Purgatorio no aparece en la Biblia. Aunque no de manera plena, la posibilidad de una purificación luego de la muerte ciertamente aparece. Por ejemplo, en el libro de los Macabeos, Judas Macabeo envía una ofrenda al Templo en nombre de sus hombres caídos que han cometido un acto supersticioso (2 Mac 12,39-45). Este texto, presente en la Biblia católica y no en la protestante porque se lo quitó en la Reforma, da muestra de la fe de Israel en el siglo II A.C.

En el Nuevo Testamento, el Señor exhorta a acomodar cualquier asunto pendiente antes de presentarse ante el juez para no ser puestos en presión, donde se permanecerá hasta que se pague la deuda.

Ponte en seguida a buenas con tu adversario mientras vas con él por el camino; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al guardia, y te metan en la cárcel. Yo te aseguro: no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo. (Mt 5,25-26)

Un principio básico de justicia dicta que las deudas deben saldarse. Nuestra deuda con Dios es imposible de pagar porque es infinita. Cristo pagó esa deuda, uniendo nuestra naturaleza a Su naturaleza divina; y nosotros recibimos el perdón cuando vamos a Él arrepentidos a través de quienes Él designó para ese fin (Jn 20,21-23; 2 Cor 3,5-6). La culpa temporal, debida a las consecuencias en nosotros, en los demás, en el buen orden de la sociedad, permanece y debemos remediarla en lo que esté a nuestro alcance –devolviendo lo robado, corrigiendo el daño en el buen nombre de alguien, pidiendo perdón si herimos a alguien física, emocional o moralmente, etc.- si no en esta vida, en la futura. Estas deudas que está a nuestro alcance reparar son las que no podemos dejar de lado, sea en esta vida o luego de la muerte.

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