Entre los muchos testimonios de devoción a San José a lo largo de la historia de la Iglesia, uno de los más conocidos es el vivido por Santa Teresa de Jesús, gran reformadora del Carmelo y una de las santas que más propagó la devoción al padre adoptivo de Cristo.
Según relata el libro San José, el más santo de los santos, del agustino recoleto P. Ángel Peña, la santa vivió un episodio extraordinario durante una de sus fundaciones en el siglo XVI. En el año 1575, tras celebrar el Miércoles de Ceniza en la parroquia de Santa María de los Olmos, Santa Teresa emprendió viaje hacia Beas de Segura con el propósito de fundar un nuevo convento carmelita.
La acompañaban dos sacerdotes y varias monjas, entre ellas Sor Ana de Jesús, una de sus más cercanas colaboradoras.
Durante el trayecto, la comitiva se perdió en un terreno escarpado y peligroso. Los guías no encontraban la salida entre los peñascos y el grupo corría el riesgo de precipitarse por un barranco. Ante la angustia de la situación, Teresa pidió a las hermanas que comenzaran a rezar, implorando la ayuda de Dios y la intercesión de San José. Fue entonces cuando ocurrió algo inesperado.
A lo lejos comenzaron a escuchar la voz de un anciano que les advertía: “Deteneos, deteneos, que vais perdidos y os vais a despeñar si seguís por ahí”.
Aquel misterioso hombre les indicó el camino seguro para salir del lugar y permitió que las carretas pasaran sin dificultad. Sin embargo, cuando algunos regresaron para agradecerle la ayuda, el anciano había desaparecido.
Santa Teresa, profundamente conmovida, comprendió lo sucedido.
Entre lágrimas afirmó a sus compañeras: “¿Para qué lo habéis dejado ir? Era mi padre San José, y no lo encontraréis”. Nunca volvieron a ver a aquel providencial guía.






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